discos4girls. The New Raemon – La dimensión desconocida

tnrportadaR: Hasta el aterrizaje de The New Raemon sobre La dimensión desconocida, la mejor forma de acceder a este grupo eran, sin duda, sus conciertos: la banda de Ramón Rodríguez puede alardear de tener uno de los directos más dulces y arrebatadores de las útimas temporadas. Pero que nadie piense que “dulce” es aquí sinónimo de “amanerado“: estamos hablando de actuaciones que caen sobre el público con la fuerza y la coherencia del granito. Para empezar, debido a la pericia de todos los artistas que acompañan a Rodríguez… Para continuar, por las letras de una claridad intelectual y elocuencia emocional no demasiado comunes. Y, para acabar, por la voz del líder: pura, inmaculada y con una capacidad sobrenatural para el tono perfecto que te golpea en el pecho y te hace difícil respirar. Si sumamos todo lo dicho, no es de extrañar que sus actuaciones sean de aquellas que ya casi no existen: conciertos en los que la gente se sabe las canciones. Eso sí, hay que reconocer que, al lado de semejante espectáculo, el debut de The New Raemon (A propósito de Garfunkel) y la coda que lo completaba en forma de EP (La invasión de los ultracuerpos) palidecían ligeramente. No demasiado, la verdad, pero sí que es cierto que el trabajo de estudio se disfrutaba mucho más cuando le añadías la experiencia del escenario. Esto ya no ocurre en La dimensión desconocida, el álbum que marca el paso desde “sonido de cantautor” a “sonido de banda” y que debería elevar a The New Raemon al panteón de bandas nacionales intocables: han conseguido un sonido propio, una identidad original y un conjunto de fans (que sólo pueden crecer y crecer). A partir de aquí, la cosa sólo puede ser cada vez mejor.

Y la prueba de ello es La dimensión desconocida, un disco en el que Rodríguez maximiza los aciertos de A propósito de Garfúnkel no sólo a través de la  apertura de fronteras que signfica la total integración de la banda (con la participación de Pablo Garrido a la guitarra, Ricky Falkner en el bajo y el siempre impresionante Ricky Lavado en la batería) sino, sobre todo, a través de la acentuación de la identidad de la banda: letras desnudas a un paso de convertirse en generacionales (así es la capacidad de empatía de Rodríguez con su público) y canciones que subliman el pop de toda la vida aderezándolo con ramalazos eventuales de poderoso rock… Lo más sorprendente de La dimensión desconocida es que sigue siendo accesible por mucho que, por momentos, las canciones impliquen una huída de las convenciones que se presuponen al pop: en ocasiones, los estribillos no están donde deberían estar, los finales se apresuran, las estructuras conocidas mutan en algo desconocido y los subidones de adrenalina o endorfinas se acumulan en puntos de la composición que conducen a falsos subidones que se frustran sabiamente para dejar el sabor de la posiblidad en el paladar… Para cualquiera que no esté prestando atención, simplemente parecerá que las canciones no funcionan. Pero a poco que pongas los oídos, no hay duda de que también acabarás poniendo el corazón. Algo inevitable al toparte con canciones como Estupendamente (una muestra de pop delicado sin necesidad de recurrir a amaneramientos), Por tradición (con ese escalofriante subidón final en el que los coros se te meten debajo de la piel dispuestos a erizártela hasta convertirla en lengua de gato), Dramón Rodríguez (ironía musical pura y dura sin necesidad de renunciar a lo emocional), Sucedaneos (ya presente en La invasión de los ultracuerpos, pero un clásico de sus conciertos que está aquí por derecho propio), La dimensión desconocida (un vals oscuro en el que la luz se intuye más que se ve)… y, sobre todo, la perfección pop hecha canción que es Variables. Al fin y al cabo, y si alguien quiere una definición más global de La dimensión desconocida, la mejor que puede decirse es que es la banda sonora perfecta que debería empezar a sonar en el momento en el que cumples 30 años. La vida sigue siendo una montaña rusa, con subidas y bajadas, con alegrías y desengaños… Pero, definitivamente, la velocidad se ha ralentizado casi a la mitad. E incluso puedes disfrutar del paisaje.

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