discos4girls. Kid Cudi – Man on the moon: The end of day

Imagen 1R: Del hip hop… hasta el infinito y más allá. Eso ha debido pensar Kid Cudi a la hora de afrontar este Man on the moon: The end of day, sin duda uno de los discos más esperados de la temporada. Puede que el hip-hop no sea santo de la devoción de este blog, pero es inevitable prestarle atención a un artista y a un álbum que reformulan la base existente (y machacona) conocida por todos para subir un peldaño en eso que han dado en llamar emo-rap (hip hop rico en emocionalidad) y que yo prefiero etiquetar como hip-pop. Claro que es más correcto lo de “emo-rap”, ya que este hip hop version 2.0 no sólo bebe del pop, sino que se lanza intrépidamente a la conquista de otros cuerpos musicales como el R&B o ciertas inflexiones danceras. ¿El resultado? Desigual. Sí. Pero, aun así, una de las desigualdades más importantes del año. Y es que el cambio, la evolucion, no siempre ha tenido en la perfección su mejor motor: muchos son los discos irregulares que han cambiado la historia de la música. No digo que Kid Cudi vaya a revolucionar el panorama actual del hip hop, pero lo cierto es que tras la estela de gente como Pharrell Williams o Common, resulta que al maravilloso (e incomprendido) 808s & Heartbreak de Kanye West le ha salido un hijo putativo (por mucho que haya quien se ufane en una competición inexistente). Como los buenos hijos, Man on the moon: The end of day hace lo que quiere el padre, sí, pero también hace un poco lo que le da la gana de tal forma que, al final, amplía unos horizontes que el progenitor no habría ni imaginado.

Nadie podrá negar, aprecie o no aprecie la propuesta de Cudi, que las canciones presas en esta jaula dorada parecen bestias surgidas de un pincel picassiano: apariciones poliédricas con diferentes planos ensamblados en un intento cubista que a veces funciona y otras veces no. Pero lo importante, niños y niñas, es el camino. El viaje. Y aquí hay un viaje con cúspides suficientes como para dejar exhausto a cualquier ciclista de fondo: Soundtrack 2 my life (con ese gusto por el space-beat que bien podría salir de las cabezas de unos Midnight Juggernauts de bajón), Heart of Lion (donde el “emo” del emo-rap adquiere su tonalidad más llorona y casi teen), Day and night (con un ritmo R&B cristalino y espacioso), Alive (donde, por fin, pagan el tributo presente en todo el álbum con las guitarras ochenteras de Ratatat, materializadas aquí en su primera colaborción real), Make her say (que es un rato hortera, pero lo cierto es que el chascarrillo de Cudi, Kanye West y Common a la salud de Lady GaGa tiene su gracia), Pursuit of Happiness (segunda colaboración con Ratatat en la que amplían su sentido del kitsch a través de la aportación de MGMT)… Para el final dejo los dos temas imprescindibles de Man on the moon: The end of day: Up, up, and awake (The wake and bake song), un subidón en toda regla en el que el pop y el hip-pop copulan con especial brillo y, sobre todo, Enter Galactic (Love Connection, Pt. 1), donde el hip-pop muta en electro-dance-hip-pop y se te derrite en la boca con el delicioso sabor de las bolas de espejos de discotecas a primera hora de la noche, cuando se pincha la mejor música sin necesidad de subirle las revoluciones. En el resto de las canciones hay de todo, pero incluso en los descensos desde estas cumbres a valles menos estimulantes para la vista (y los oídos), el aburrimiento nunca hace acto de presencia. Repetimos: algunas de estas canciones-valle pueden “fallar” en sus pretensiones, pero aún así te queda la sensación de haber subido al podio… en tercer puesto. Así las cosas, está claro que a Kid Cudi puede pasarle como al último Kanye West: se esperaba de él comercialidad pura y dura y ha entregado un disco menos accesible de lo previsible. La falta de previsibilidad, sin embargo, la suple con un subidón de calidad de esa que amplía las fronteras del campo de batalla a cada nueva escucha. Lo decía al principio: el objetivo de Kid Cudi es el infinito y más allá. Por ahora, está en el infinito… pero no hay duda de que ha divisado el más allá por el rabillo del ojo.

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