discos4girls. The Postmarks – Memoirs at the end of the world

Imagen 2R: Demos un fuerte abrazo a The Postmarks ahora que Saint Etienne están muy ocupados (o demasiado poco ocupados) intentando ser Faithless (sabrán de lo que hablo aquellos que vieron su pasada actuación en el Primavera Sound y sufrieron los estragos indecentes que el chunda-chundismo causó en sus habitualmente frágiles composiciones). Y es que, por mucho que intentemos evitarlo, siempre viene bien tener un poco de buenrollismo y preciosismo musical a mano. Por si las moscas. The Postmarks entienden, y mucho, de buenrollismo y preciosismo, como si fueran el reverso femenino de The Last Shadow Puppets, con el mismo subidón de Scott Walker y de bandas sonoras de James Bond. Pero que nadie se engañe: este trío de Miami visitaba el sonido de The Walker Brothers mucho antes que el proyecto de Alex Turner. Y es que Memoirs at the end of the world es el tercer álbum de The Postmarks después de un debut homónimo del 2006 en el que ya sentaron las bases de su sonido y una segunda y muy especial referencia, By-The-Numbers (2008), en la que recopilaron una aventura que les llevó todo un año: cada mes colgaban en su web una versón de una canción con un número en el título (por ejemplo: la canción número cinco versionaba el Five Years de David Bowie, y la 11 era una versión del 11:59 de Blondie). Tras semejante esfuerzo musical, no es de extrañar que este Memoirs at the end of the world les haya salido de altura.

El arranque del álbum es excepcional: No one said this would be easy, con sus violines y sus castañuelas, es un monumento al retro-kitsch setentero de las películas del Agente 007… hasta que la edulcorada voz de Tim Yehezkely (que, pese a ese nombre, es una mujer) se filtra por una esquinita y te trae a la cabeza multitud de referencias. Y todas buenas: Saint Etienne, Broadcast, Lucky Soul, The Concretes e incluso los primeros The Cardigans. El disco sigue transcurriendo con la suavidad de la seda y la elegancia de una academia para divas de la chanson francesa regentada por crooners norteamericanos: My Lucky Charm es puro soul de ojos azules; Don’t know till you try, con sus theremines y sus cuerdas y vientos en tensión, suena a un Goldfrapp meets Burt Bacharach; la lucha de poder entre clavicordio y violines en For better… or worse? acaba en un crescendo arrebatador; el duo de voces en I’m in deep bien podría ser un regalo de cumpleaños para la banda de parte de un Gainsbourg en un bajón de testosterona; el primer single, Go Jetsetter, lo tiene todo para que no puedas dejar de tararear su estribillo mientras te contoneas en tu habitación… Y, por encima de todas, la excepcional The girl from Algeny y su evolución desde los maravillosos estribillos punteados por un piano en su justa medida hacia un final apoteósico en el que la emoción te llega por la superposición de capas. Vamos, que ni los Propellerheads arropando a Shirley Bassey. Ahora que el revival se está convirtiendo en una escena, está claro que Memoir at the end of the world, un disco redondo en el que se miman todos los plieuges, ha llegado para obligarnos a reivindicar a The Postmarks como pasado, presente y futuro.

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