snob4girls. Bill Callahan – Sometimes I wish we were an eagle

imagen-1R: Desde que Bill Callahan abandonara el apodo de (smog), sus fans (y el resto de mortales) pueden disfrutar de algo así como el ensamblamiento de un Frankenstein. Un Frankestein que es, ni más ni menos, el “verdadero” Bill Callahan. Lo fácil es suponer que por delante de (smog) iban varias máscaras: la de experimentalista pop de Knock Knock, la del impenitente herido de amor y vida en el maravilloso A river ain’t too much to love… Pero, teniendo en cuenta que esas mascaras acompañaron al artista durante casi quince años, también es fácil pensar que, al final, máscara y actor se hicieron una misma persona. Así que la acción de poner el cuenta-kilómetros a cero tiene, en el caso de Callahan, más de salto al vacío que de gesto minúsculo. En Woke on a whaleheart, su primer disco como Bill Callahan hace un par de años, se intuía la búsqueda de nuevos caminos que lo alejaran de (smog). Y ahora, con Sometimes I wish we were an eagle, el artista ensambla en el nuevo cuerpo los miembros amputados de su anterior proyecto, construyendo pieza a pieza un fascinante leviatán al que, conscientemente, implanta unos pies de barro.
La primera canción, Eid Ma Clack Shaw, indudablemente proyecta una sombra parecida la de las mejores composicones de A river ain’t too much to love. Y es fácil rastrear Dongs of Sevotion en el segundo corte, Jim Cain… A partir de ahí, podríamos seguir buscando relaciones de emparejamiento en el resto de canciones de Sometimes I wish we were an eagle. Pero es innecesario. Porque, como en las mejores matemáticas, aquellas que de la lógica extraen pura magia, en esta ocasión la suma de unas partes conocidas arrojan un resultado sorprendente y deliciosamente estimulante. Es en Jim Cain, precisamente, cuando Callahan susurra “I used to be darker, then I got lighter, then I got dark again“. Y, más que entenderlo como un resumen de su carrera, puede entenderse como una constante en su nuevo álbum: las canciones, como unas olas suaves en la orilla de la playa, van y vienen desde un lugar oscuro (Invocation of Ratiocination es puramente inquietante, y All thoughts are prey to some beast incorpora parajes que parecen salidos directamente de una oda sureña gótica) hacia esos pedacitos de luz que Callahan sabe poner en nuestro paladar (los acordes pseudo-egipcios de The Wind and the Dove o el luminoso estribillo de Too many birds). Cuando llegas al desarmante punto y final, Faith/Void, y Bill se aferra al mantra “it’s time to put God away” en una composición que roza los diez minutos, no queda más salida que la rendición: da igual que esto sea un Frankenstein o un leviatán con pies de barro. Es pura belleza para tus oídos, una celebración festiva en la que la gente prefiere quedarse inmóvil.

Una respuesta

  1. Uno de los discos del año, ¿no?. Para mí (Smog) era más sombra y todo lo que ha hecho como Bill Callahan es más luz. Por cierto, yo tengo ‘Jim Cain’ la 1 y ‘Eid Ma Clack Shaw’ la 2, ¿cómo fiarse de los bloggers? Jarl!

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