gigs4girls. Róisín Murphy (se cambia de vestido más veces que La Panto)

2039097664_9d0007515eE: Hay dos tipos de conciertos (bueno, seguro que hay más, pero para el caso que nos ocupa sólo hay dos), los que son un concierto y ya está y los que son puro espectáculo. Y el que vimos el viernes 14 de diciembre en el Razz fue espectáculo puro y duro. Vamos, que si pilla en época de romanos ni Coliseo, ni cristianos a los leones. La Roisin contratada de por vida y los gladiadores al paro… Venía con un disco redondo bajo el brazo (literal y figuradamente, esta broma la hacemos cien veces) y sobrevolaba el temor secreto de que las nuevas canciones contrastaran demasiado con las de su primera entrega, corriendo el riesgo de hacer un concierto demasiado heterogéneo. Nada más alejado de la realidad. La Roisin es muy lista (aunque por sus bailes a veces no lo parezca) y supo engarzar uno a uno los temas nuevos renovándolos y cerrar con dos temas de Ruby blue y uno de Moloko sin despeinarse (otra vez literal y figuradamente, porque no se salió del sitio ni un pelo de su dorada cabeza, dejándonos a todos con la gran duda de qué fabulosa laca es la que usa la Murphy).

R: Si la broma del disco redondo ya es recurrente entre nosotros, deberíamos inventar algo para los conciertos perfectos (un gallifante para el lector que dé con una opción elocuente). Porque tal y como se desprende de la opinión de mi compañera de fatigas (y cafés tardíos y surrealistas), lo de la Róisín rozó la perfección. Ya lo deberíamos haber intuído en esa intro con la que abrió el concierto, en la que las luces, los músicos y las coristas (¡vaya coristas! ¡redefinieron el concepto de languidez a golpe de duelo de bailes!) entraron uno a uno, lentamente, hasta que la diva salió al escenario con una chaqueta beig abombada que hacía presagiar que, evidentemente, la Róisín no tiene ni puta idea de lo que es la vergüenza encima de un escenario. Y habrá que darle las gracias por ello, porque los jitazos que entregaba uno a uno hubieran resultado cojos si no fuera por su sentido del espectáculo. Después se cambió unas cuarenta veces de complementos, reinventándose a cada cambio de canción y proporcionando una expectación tremenda para ver cuál era el siguiente retruécano estético. El show estaba medido hasta el último detalle, con especial mención para unos visuales simples pero hipnóticos (o será, en mi caso, depravación profesional). Sea como sea, y volviendo al símil helenístico iniciado por Estela, sólo cabe decir que tras el bis, protagonizado por Ramalama (ding dong) y Forever More, sólo se podía exclamar eso de: Veni, Vidi, Vinci. Claro que, de haber tenido un público más entregado (¡qué sosos que somos en Barna a veces, cojones!) y de haber traído una corona de laureles entre sus accesorios, cambiaríamos la latinada anterior por un sonado ¡Ave César!

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